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El Maestro

Mis pies avanzan por un sendero en una montaña, a los costados todo lo que veo son árboles, es denso y no sé que hay más allá. El paisaje nocturno de Luna llena ilumina tan solo a escasos metros de distancia, lo suficiente como para saber por donde ir y no perderme en la espesura; porque supongo que es por el sendero por donde debo caminar.
La brisa que golpea mi cuerpo devuelve a la realidad mi cabeza tras un pequeño desliz dentro de mis pensamientos y descubro que, más adelante, el sendero se bifurca hacia la derecha. Dudo un poco pero decido doblar, a los costados de este nuevo camino el paisaje sigue siendo espeso y la Luna no se deja ver en todo momento, por lo que seguir la dirección correcta se me vuelve dificultoso. De todos modos no me rindo, no vuelvo atrás, choco con el fin de ese sendero en el que se alza la entrada a una cueva rocosa.
Dentro de la caverna, una leve hoguera me permite distinguir el rostro de un hombre asiático que me observa serio, sentado con la espalda recta y las piernas cruzadas frente al fuego. No dice nada, levanto leña de un pilón apartado y me siento frente al hombre mientras avivo la llama. Sin detenerme a pensar, le pregunto si soy feliz. El hombre se relaja, me guiña el ojo y se ríe después. De pronto me proyecto a mí misma siendo el hombre y otra persona diferente está sentada frente a mí, me hace la misma pregunta. Le sonrío y le hago un gesto con los brazos para darle a entender que no sé la respuesta. Vuelvo a mi cuerpo, esta vez decido preguntarle si es que puedo ser feliz. El hombre sonríe, hace un gesto con los brazos para darme a entender que no sabe la respuesta. Me proyecto nuevamente y la persona frente a mí me hace la misma pregunta. Le guiño un ojo, me río y le afirmo con la cabeza. De vuelta en mi cuerpo, el hombre se levanta y tras desaparecer entre la negrura de la cueva, trae consigo un obsequio que deja en mis manos abiertas. Le agradezco y salgo nuevamente al sendero.
Tomo los pasos de regreso y en el camino decido dedicarme a observar mi obsequio: es una piedra, es fría, imperfecta y está llena de grietas. Por un momento me convierto en la piedra: soy fría, imperfecta y estoy llena de grietas. No puedo evitar perderme en lo que estoy siendo, me convenzo a mí misma de que soy el objeto. Cuando vuelvo a ser yo misma, sonrío al mirar el obsequio y retomo mi camino por el sendero original, que sé que me conduce hacia la cima de la montaña.

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